“En la ciudad sin límites” – A. Hernández (2002)

 (Antes de empezar, es conveniente que quede claro que lo que me propongo con este intento de crítica cinematográfica será algo que se repitirá con las demás películas que vaya viendo. Éstas no necesariamente son estrenos o que aún estén en cartel, como es el presente caso. Son, simplemente y llanamente, películas que veo por primera vez).

En la ciudad sin límites es, en un principio, tan enigmática, como su título. Comienza con lo que suponemos que son unos vigilantes buscando, con sus linternas, a través de la oscuridad de un almacén lleno de estanterías metálicas, rebosantes de achivos, no sabemos bien el qué. Y mientras la cámara nos lleva a un extremo de un almacén, vemos como otro hombre tira una de esas estanterías, atrapando en el pasillo a uno, ahora lo sabemos, de sus perseguidores. Vemos, de espaldas a él, como huye. Sube unas escaleras, nos encontramos en una azotea. Vemos que se trata de Fernando Fernán-Gómez, pero al instante ya no se trata del actor: se ha transformado en un hombre viejo, muy viejo, con los ojos hundidos y la mirada perdida. Y desde el borde de la azotea, cuando descubre que sus captores ya han llegado, y mientras suelta un botón al vacío, que lo llevaba en la mano,  pronuncia, como si de un personaje wellesiano se tratase: “Rancel”.

Llegados a este punto quieres saber qué ocurre aquí. Y así conocemos a su familia, compuesta por una fría esposa (G. Chaplin), sus tres hijos (Sbaraglia, Casanovas, Álvarez) y las novias, amantes, esposas o ex- de ellos (Fernández, Ozores, Estarreado, Brédice), que han conseguido la fortuna gracias a la dirección de una empresa farmacéutica. Son todos españoles, aunque ahora se encuentran en París a causa de la enfermedad del padre , Max (Fernán-Gómez), que ha preferido tratarse en la capital francesa. Víctor (Sbaraglia) ha llegado con su novia (Brédice) desde Argentina, y hacía mucho que no se encontraba con la familia.

No voy a seguir contando más sobre el argumento. Es una película de intriga, de suspense. No puedo decir más sobre este aspecto para no desvelar ningún tipo de sorpresa. Sólo cabe decir que cada actor sabe perfectamente qué hacer en cada escena y eso es gracias al guión, que aunque al principio, en una comida familair que se produce, me pareció un poco forzado, luego sabe describir cada escena y cada personaje a la perfección. No hay un solo personaje o escena que no tenga su hueco obligatorio en la película, y son necesarios para lo último que le dice Sbaraglia Chaplin en la película. No obstante, el guión tiene un punto negativo: necesita de demasiadas celebraciones, fiestas y paseos para que podamos ver la familia reunida y, la verdad, cuando tienen presente que su padre va a morir dentro de poco, es un poco vistosa la cantidad de reuniones superficiales.

En cuanto al aspecto visual, en general no aporta nada o casi nada, salvo en contadas excepciones en que podemos ver superpuestas imágenes rápidas con lentas, o cámaras lentas que, menos mal, sirven para acentuar lo que se quiere contar y no sólo forman parte del efecto por el efecto.

Lo mejor: Actores, todos sin excepción (aunque al principio no me convencía Chaplin); guión, con el quieres saber más y se vuelve intenso y emocionante; cuenta una historia muy real, sin caer en efectismos baratos.

Lo peor: que el personaje de Adriana Ozores en París está un poco metido con calzador, y luego el de Mónica Estarreado casi casi que también.

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