“Tres dies amb la familia” – M. Coll (2009)

No importa la cantidad de películas que tengan como base principal o secundaria la descripción de las relaciones entre los miembros de una familia: siempre habrá un número x de personas que se sentirán atraídas más tarde o más temprano por saber qué ocurre y para encontrar las posibles similitudes con la propia familia. Y es que casi todos tenemos familia y todos nos comportamos de distinto modo según el miembro al cuál nos dirijamos y, claro, si vemos que ese comportamiento puede ser diferente al que tenemos aprehendido, el relato tiene más a su favor para atraparnos. Desde series como Alf, Los Simpson, Los problemas crecen o Los Serrano, pasando por películas como Pequeña Miss Sunshine, El Padrino, Expiación o la trilogía española de La gran Familia (no todos los ejemplos son de la misma calidad), la familia ha sido y sigue siendo fuente inagotable de historias.

No debería ser extraño que el debut de Mar Coll, por tanto, haya tenido como principal protagonista a una familia burguesa gironina. Digo que no debería ser extraño pero suele serlo porque los directores noveles quieren impresionar al espectador con historias que puedan ser originales y, claro, las familias no lo son por lo que ya he comentado antes. Pero estamos en Catalunya, tierra de Mirall trencat, de (aunque no sea estrictamente tierra catalana) Camí de sirga, de telenovelas como Secrets de família, Nissaga de poder o, más recientemente, La Riera: tenemos una predisposición especial hacia las historias familiares.

Puzo y Coppola entendieron que para presentar a una familia en todo su conjunto no hay nada mejor que un ritual religioso. Coll ha utilizado el único que faltaba: un funeral (es cierto que sale uno en la primera parte mafiosa, pero su objetivo no es el de presentar a los personajes). Con la sola puesta en escena de los hijos y nietos del fallecido en el tanatorio, podemos deducir cómo son: Eduard Fernández titubeante, Francesc Orella siempre dispuesto a agradar, Ramón Fontseré “amb la paella pel mànec”. Vemos que falta una hermana, que ha escrito un libro que, por lo que parece, no ha sentado nada bien. Y todo esto lo observa Nausicaa Bonín, llegada de Toulouse y, como se irá viendo, es una inconformista sin traspasar el conformismo.

Coll nos narra esta historia a través de frases justas (no digo que haya grandes silencios, sólo digo que, puesto que los familiares ya se conocen, ellos no necesitan contarse su vida cada vez que se ven) y unos planos que nos anticipan a lo que va a ocurrir o de lo que se va hablar. En este sentido, destacaría (por decir una, pero hay varias) la escena entre Bonín, su prima y su primo: la prima lleva vestido, se sienta en unos escalones, la espalda apoyada en la pared, enseñando las piernas, un escalón más abajo su primo, y otro más abajo, Bonín, con una camisetra de tirantes, se pasa la mano por detrás del cuello para quitarse el sudor. No dicen nada en esos cinco-diez segundos, pero para alguien alerta, no sorprende el diálogo que se establece en ese instante entre esos tres primos.

Lo mejor: Todos los actores, desde Bonín hasta el más insignificante de los primos; el guión, que aunque no ocurran grandes acontecimientos te atrapa, quieres saber si la tensión que se palapa estallará o no, y cuando lo hará.

Lo peor: No me hubiera importado saber algo más sobre los personajes de Francesc Orella y Ramón Fontseré, no sólo por lo interesantes que me parecen estos dos personajes: también porque son dos grandes actores.

 

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